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La sonrisa del delfín, una lacra para la especie

La autora aboga por educar a las niñas y los niños para que no crezcan normalizando el cautiverio, sino entendiendo que no ir a ver a un delfín hacer piruetas que no quiere hacer salvará la vida de miles de ellos

MAR PUIG | OPINIÓN- Cada día 1 de septiembre se abre la veda para masacrar a las familias de delfines en Taiji (Japón). El Toro de la Vega, en Tordesillas, tiene lugar más o menos por la misma fecha, este año el 12 de septiembre. Siempre he creído que el festejo taurino silenciaba la masacre de cetáceos pero este año, el segundo que se lleva a cabo sin que el toro pueda ser alanceado ni muerto en público, la afluencia de activistas en defensa de los animales y animalistas (no, no me repito. Considero que son tipos de personas distintas) ha sido prácticamente nulo. Y a pesar de eso los gritos de los
delfines de Taiji siguen sin oírse.

Una especie que necesita recorrer 70 km diarios, detesta el ruido y el alboroto y es consciente de la separación de su familia

El delfín mular, el que vemos en todos los delfinarios con sus piruetas, es el más visible pero no el único afectado en esta terrible persecución. Otras muchas especies son víctimas de los delfinarios. Persecución que se lleva a cabo con el único fin de divertir a las personas. Mayormente a niñas y niños cuyos padres tienen tan poca imaginación que sólo saben recurrir a este tipo de espectáculos para pasar la tarde del sábado.

Mueren cada año una media de 2.000 ejemplares sólo en Taiji, no es el único punto del globo terráqueo donde ocurren estas matanzas, sólo unos pocos ejemplares se destinan a delfinarios donde vivirán condenados el resto de sus días en el cautiverio. En condiciones que para ningún animal son
aceptables pero que si encima hablamos de una especie que necesita recorrer 70 km diarios, que detesta el ruido y el alboroto y que es consciente de la separación de su familia, las consecuencias se agravan hasta conseguir prácticamente un cien por cien de animales enfermos cuya esperanza de vida
queda mermada notablemente.

Si no hay sangre, no hay maltrato; eso es lo que predomina hoy en día en la sociedad y es la creencia que más nos costará erradicar

Igual nos acerca más a la desesperación que padecen estos animales en el encierro si conocemos la verdadera historia de Flipper, la serie emitida por primera vez en 1964, que propició que todo el mucho quisiera ver a los delfines aunque fuera en cautiverio, haciendo de los delfinarios un negocio que, a pesar de datar la puesta en marcha de los primeros en los años 30-40, haría frotar las manos a cualquier empresario ansioso de llenarse los bolsillos aunque le cueste la vida a miles de delfines.

A Flipper no lo interpretó un solo delfín, lo hicieron cinco hembras. Una de ellas, mientras estaba acompañada de Rick O’Barry, protagonista humano de la serie, se suicidó. Sí, tienen la consciencia suficiente para decidir que ya no quieren seguir viviendo. Dejó de respirar cerrando su espiráculo, orificio que abren y cierran para evitar que entre agua en el aparato respiratorio cuando están sumergidos, hasta hundirse en el agua y morir. ¿Cuál no debía ser el desasosiego para llegar a ese extremo? Seguramente el mismo que tiene cada uno de los que hoy en día están atrapados en los delfinarios.

El resto de animales masacrados se destinan a consumo humano. Y es curioso porque la toxicidad de la carne de estos animales es muy elevada. Su organismo almacena una cantidad de mercurio que lo aleja muchísimo de ser apto para el consumo humano. Pero en los supermercados convencionales su cuerpo troceado se sigue comercializando y sigue llegando a los estómagos de muchos que a lo mejor, sólo a lo mejor, no son conocedores de exactamente el tipo de carne que se llevan a la boca.

Entiendo que no es fácil estar documentado de lo que hay detrás de cualquier espectáculo con animales, pero lo que no entiendo y sí condeno es que una agencia de publicidad como es Comunica+A y su cliente Orange Espagne no tienen el más mínimo miramiento de informarse de lo que hay detrás del cautiverio de los delfinarios y lanzan una campaña como la de “Love”, cuya protagonista es una orca cautiva interactuando con una muchacha a la que repite los movimientos que esta hace en lo que aparentemente es un ambiente idílico, fomentando así masacres como la que describo al inicio del artículo.

El slogan que utilizan es “Hay cosas que no se pueden explicar. Tienes que vivirlas”. Desde luego es un slogan acertado, seguro que si la orca pudiera comunicarse con los directores de campaña les diría lo mismo: “La privación de libertad y el uso para el divertimento y lucro de las personas en contra de mi voluntad no se puede explicar. Deberíais vivirlo”.

Que en pleno siglo XXI una empresa de semejante magnitud siga contribuyendo a costumbres de este tipo es un claro indicador de la problemática social en nuestro trato hacia los seres vivos de otras especies. Si no hay sangre, no hay maltrato, eso es lo que predomina hoy en día en la sociedad y es la
creencia que más nos costará erradicar.

Creo que no hace falta decir que los intereses que promueven estas prácticas son siempre los mismos, los económicos. Por lo tanto no podemos contar con que ningún gobierno las paralice, por una vez, sólo la gente de a pie tenemos el poder y deber de conseguirlo.

Y quien te diga que es educativo te engaña. Que las niñas y los niños crezcan normalizando el cautiverio no es la educación que se merecen. Merecen entender que no ir a ver a un delfín hacer piruetas que no quiere hacer, salvará la vida de miles de delfines que podrá conocer en los grandes documentales con magníficas imágenes que les hará creer que nadan junto a ellos en el mar.

Si no hay demanda no habrá oferta. Si no asistimos a espectáculos con animales, no nos ofrecerán espectáculos con animales y acabarán las muertes indiscriminadas para llenar los zoos y delfinarios, que al fin y al cabo son muertes “por nada” y no necesitamos que ningún ser muera “por nada”.

La sonrisa del delfín no es una sonrisa de verdad. Es su morfología, tengan el ánimo que tengan siempre parece estar sonriendo. De la misma manera que lo esplendoroso que vemos en los delfinarios no es esplendoroso de verdad, es triste y sangriento.

No te dejes engañar. No contribuyas al cautiverio. No acudas a espectáculos con animales.

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