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“Para saber de cine tenemos que ver muchas películas y verlas muchas veces”

El XVII Festival de Cine de Sant Joan rinde homenaje a Mariano Sánchez Soler con la entrega del Ficus de Oro Honorífico

Mariano Sánchez Soler, Ficus de Oro Honorífico del FCSJ 2017 | FOTO: ZOWY VOETEN
RAFA BURGOS (@FaroImpostor) | CULTURA- “En el fondo, todos los cinéfilos somos iguales, todos hemos seguido pautas muy parecidas”. El periodista y escritor alicantino Mariano Sánchez Soler ya desayunaba, comía, cenaba y soñaba cine a los 16 años. “Estudié periodismo con la idea de dedicarme a escribir sobre cine”, reconoce. Su trayectoria profesional le llevó al periodismo de investigación, su carrera literaria recorre la novela, la poesía y el ensayo. Pero nunca ha dejado de ser aquel chaval que se nutría “de los programas dobles de los cines, del Maracaibo, del Rialto, del Goya”. El cine jamás dejó de ser el centro de su galaxia. Firmó algún guion, como el de Tabarka, colaboró con el productor Pedro Costa en la famosa serie La huella del crimen y, finalmente, impartió clases de Comunicación Audiovisual y Documentación en el Centro de Estudios de Ciudad de la Luz, adscrito a la Universidad Miguel Hernández (UMH), entidad patrocinadora de la sección de Escuelas del Festival de Cine de Sant Joan (FCSJ). Este año, el certamen ha querido reconocer al cinéfilo, al maestro, al miembro de su jurado en diversas ocasiones. Y le ha concedido el Ficus de Honor de la última edición.
El cinéfilo Sánchez Soler nació en los cines de barrio del Alicante de los 70. “A veces me metía en el Maracaibo a las 16 horas, después de comer. Salía a las 19, por ejemplo, y me iba al Rialto, a seguir viendo cine. Y después de salir, muchas veces volvía a casa y veía películas de las que emitían en televisión, en lo que entonces era la segunda cadena programaban mucho cine clásico”, recuerda. “De cada película que veía, hacía fichas. Ahora es mucho más fácil obtener cualquier dato, pero en aquella época había que ir a revistas, a enciclopedias, a buscarse la vida. Pese a todo, conseguí completar la filmografía de mis directores preferidos”. Aprovechó cada minuto para dedicarlo a su pasión “Durante el viaje de fin de curso, a París, me volví loco comprando libros de cine en francés. También vi películas que estaban prohibidas en la España de Franco, como las de Ken Russell o las de Buñuel. Todo lo que entonces oliera a Arte y Ensayo estaba prohibido por la censura”.
Su obsesión era aprender. “Siempre he defendido que cualquier película, por mala que sea, tiene cinco minutos buenos, cinco minutos de cine extraordinario. Así que me daba igual ver primero una de Manolo Escobar y luego A bout de suffle, pongamos. Aprendí enseguida que los cines tenían que comprar paquetes de películas para poder exhibir el taquillazo que les interesaba. Y en el relleno estaba lo mejor”, señala. Y cumplió con todos los ritos del apasionado por las películas. “Hubo una película que me obsesionó, Descalzos por el parque. Al día siguiente de verla, me levanté a las cinco de la mañana para robar los carteles en el cine. Truffaut rodó algo parecido”.
Todos los cinéfilos se parecen. Todos se deslumbran. “Una vez que te enganchas, vas al cine por mera necesidad. El cine es el descubrimiento del mundo, de la vida, del amor, de la ideología, de los conceptos generales. No es el mundo real, que casi siempre es incomprensible. Es el centro de la galaxia, el futuro, el paso del tiempo”, asegura. Es otro tipo de academia. “Todo eso es el cine, la capacidad de contarte cómo es la vida sin ser la vida. La única manera que tenía mi generación de saber cómo vivían los bomberos de Nueva York era a través del cine. En la sala es donde empezaban a existir para ti”.
El joven que contaba sus días por películas, acabó de estudiante en Madrid. “Y me encuentro con el cine que exhiben en los colegios mayores universitarios, que era brutal. Vi El acorazado Potemkin en la Escuela de Arquitectura. Y estaba prohibida. Vi cine japonés, brasileño, obras inaccesibles, Bergman entero”. Después llegó la política, “los temas sociales, la lucha de clases, la militancia clandestina”. Y el periodismo. Y finalmente, el momento de moldear nuevos cinéfilos. En el Centro de Estudios tuvo “la ocasión de pervertir a los alumnos con cine duro, cine cine. Sam Peckinpah, David Lynch, ciclos con directores invitados”. Y encuentra “una generación eminentemente audiovisual, pero que no maneja bien los códigos de la narrativa cinematográfica”. La solución, la única posible. “Tenía que hacer que vieran cine. Para saber de cine hay que ver muchas películas y verlas muchas veces”, sentencia. “Grupo salvaje es trascendental para mí. Además de cambiarlo todo partiendo del clasicismo, enseña cómo se crea un grupo, cómo hay gente que acaba sacrificándose por los demás. O Tal como éramos, en la que el personaje de Barbra Streisand deja de ser ella por estar con él. Y eso es imposible. Pero es la fuerza del amor, seguro que les pasa a miles de personas. Me impresionó”. Saber leer cada fotograma e ir más allá. “Centauros del desierto, con el retrato del dolor que siente John Wayne, un tipo autoritario y derrotado. No es un perdedor, es un derrotado. Y al final se queda solo porque Ford no sabía rodar finales felices. Pasa en El hombre que mató a Liberty Valance, en El último hurra. Siempre es igual. Son películas tan redondas, que cada mirada, cada frase, es el universo entero”. El Big Bang, la oscuridad del cosmos, la vida, una sala de cine. “Está ahí, solo tienes que verlo”.

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