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El pueblo que acogió refugiados a espaldas del franquismo


En 1943 Miguel Giner administraba la aduana de Les, en el Valle de Arán, y su misión era devolver a cualquier persona que llegara al país sin visado. Pero decidió hacer la vista gorda con centenares de judíos, que lograron salvar la vida con su acción, la complicidad de policías y carabineros y la ayuda de los vecinos del pueblo.

Vicente Giner, hijo de Miguel Giner | MANUEL R. SALA

L. BAGUR | SANT JOAN- Vicente Giner tiene 85 años y tardó casi siete décadas en contar la historia de su padre, Miguel, y de los 600 habitantes del pueblo de Les. Todos ellos, con Miguel a la cabeza, ayudaron a centenares de judíos a proseguir su huida de los nazis. Según cuenta Vicente, se estima que en el verano de 1943 entre 300 y 500 personas pasaron por la frontera que conectaba Francia y España por Les y lograron así salvar su vida. Los refugiados venían a nuestro país con esperanza, ya que en la II Guerra Mundial la posición oficial del régimen era de neutralidad. Sin embargo, dada la buena relación de Franco y Hitler y el antisemitismo de ambos, los judíos interceptados en nuestras fronteras eran devueltos a los nazis y acababan ejecutados en campos de concentración. Finalmente, y presionado por Gran Bretaña y Estados Unidos, Franco tuvo que firmar una autorización oficial para permitir el paso de los judíos ese mismo septiembre de 1943. Y Miguel ya no tuvo que incumplir su labor nunca más. «Pero estuvo dos meses contra el dictador», recalca Vicente.

El hecho que le llevó a saltarse su cometido marcaría el resto de su vida. Su mujer, Dolores Llopis, fue testigo y cómplice. Sucedió a principios del verano del 43. Eran alteanos, pero hacía cuatro años que vivían en Les con sus dos hijos, Vicente e Isabel, en el puesto de audanas. En la planta baja estaba el despacho de Miguel y del Carabinero encargado del control fronterizo; en la de arriba, la vivienda. En la parte de atrás había un huerto con gallinas, que cuidaba Dolores. «Eran gente humilde», relata Vicente, que por entonces tenía 13 años. Según describe, el pequeño pueblecito de Les era «un paraíso terrenal». La nieve impedía la conexión con España durante 8 meses al año, y en Les no se notaban las carencias de la guerra «cuando en el resto del país se pasaba hambre». Había fruta y verdura en abundancia, «una leche fabulosa, una carne sensacional. No comías lo que querías, pero comías cuando querías», asegura. Los niños aprendían francés en la escuela. «La gente era más francesa que catalana, de Les a Lérida se tardaba dos días y entrar a Francia era un paseo de cinco minutos», explica Vicente.
Pero la paz se rompió en el paraíso una mañana de principios de julio de 1943, cuando llevaban casi cuatro años viviendo en Les. Vicente y su hermana estaban en casa «y oímos jaleo en la calle». Cuando se asomaron al balcón, vieron a un grupo de unas quince personas, hombres, mujeres y niños, que se dirigían al despacho de su padre. Vicente bajó a escuchar qué le decían y se puso a jugar con los niños. Su madre y otras mujeres del pueblo les acercaron comida. En el despacho, uno de los hombres le rogaba a Miguel que les dejaran pasar, aseguraba que iban a matarlos, eran judíos y les perseguían. Pero no tenían visado, y Miguel debía devolverlos. Estaba convencido de que les llevarían a un campo de trabajo. El camión alemán llegó y se los llevó. Se fueron llorando y la familia se quedó desolada.

Miguel seguía creyendo que su destino había sido un campo de trabajo, eso le habían dicho oficialmente. Pero a los pocos días, el militar alemán encargado del puesto fronterizo de Bargnères de Luchon, con quien tenía una buena relación, le reveló que los habían matado. «Giner, nosotros entregamos todos los judíos a las SS y la Gestapo, y ellos se ocupan» -dijo el alemán- «¿Y qué?», contestó el padre. «Que los han matado» -espetó el militar-. «Mi padre subió a la casa pálido», prosigue Vicente. Contó la historia a su familia y Dolores le dijo que tenía que hacer algo. Miguel respondió que no iba a devolver a nadie más. Y así lo hizo. Se armó de valor y reunió a los dos policías y a la quincena de carabineros que vigilaban la zona y les expuso su determinación. Podían haberle denunciado, pero lejos de eso, cooperaron. Miguel mandaba y acataron su orden.

Había una cosa que para mis padres estaba por encima del miedo, la conciencia de no devolver a nadie sabiendo que los iban a matar; mis padres dormían tranquilos

Por Les llegaban numerosos grupos de personas huyendo del horror, era la parte de montaña más baja, más accesible, y estaba alejada del puesto alemán de Luchon. Miguel, los policías y los carabineros no podían verlos entrar. «Ellos miraban para otro lado y la gente del pueblo les cogían, les daban de comer y les acompañaban por el puerto de la Bonaigua y al otro lado los cogían personas enviadas por el cónsul de Barcelona, y allí los camuflaban, les daban documentación falsa y les mandaban a Gibraltar, Portugal o Algeciras». Cuando acabó aquel verano, Miguel fue destinado a Irun y allí se trasladó toda la familia. Dejaron el paraíso y no volvieron a hablar de aquello jamás. «Mientras vivió Franco, mi padre corrió un riesgo muy grande», detalla Vicente, luego el silencio prosiguió «porque mi hermana y yo éramos unos niños y nos podía haber afectado psicológicamente». Hasta que Vicente, casi setenta años después, se topa en la televisión con un reportaje sobre personas que, desde puestos de poder, ayudaron a salvar a judíos. «¡Pero si esto es lo que hizo mi padre! ¡Esto tiene que saberse!», pensó. Y rompió su silencio. Y gracias a eso, la historia de Miguel Giner y del pueblo de Les no caerá en el olvido.

Ahora, más de setenta años después del Holocausto, miles de migrantes y refugiados de la guerra en Siria buscan asilo en Europa huyendo de su particular horror. Sin embargo, lejos de acogerlos, la Unión Europea ha decidido expulsar a buena parte de los refugiados que lleguen a Grecia y enviarlos a Turquía. «Mi padre no hubiera tomado esa decisión», recalca Vicente. Es «injusto», asegura, y lamenta que «la parte humana no la pongamos en primer lugar». En su opinión, se han tomado decisiones mercantiles, aunque advierte, no se puede actuar a la ligera y dejar entrar a cualquiera porque hay terroristas, pero no se les puede dar la espalda. «El amor, el ser humano, tiene que estar por encima de todo. Esos niños… Eso es demasiado egoísta. Hay que ser un poco egoísta, de acuerdo, tenemos que protegernos, de acuerdo, pero no ser así y devolverlos como manadas. Pagan justos por pecadores. Hay mucha hipocresía».     

3 comentarios

  • Estimados señores editores…por favor! Como pueden publicar lo siguiente "..los judíos interceptados en nuestras fronteras eran devueltos a los nazis y acababan ejecutados en campos de concentración polacos." SI NO HUBO NI UN SOLO CAMPO DE CONCENTRACION POLACO EN TODA LA HISTORIA DE POLONIA!!! Uds se refieren a los campos de concentración de los ALEMANES durante la ocupación ALEMANA de Polonia. Porfavor les pido que hagan las correcciones necesarias al articulo. Gracias. Jorge Soltysik, Milton, Ontario, Canada

  • Estimados señores editores…por favor! Como pueden publicar lo siguiente "..los judíos interceptados en nuestras fronteras eran devueltos a los nazis y acababan ejecutados en campos de concentración polacos." SI NO HUBO NI UN SOLO CAMPO DE CONCENTRACION POLACO EN TODA LA HISTORIA DE POLONIA!!! Uds se refieren a los campos de concentración de los ALEMANES durante la ocupación ALEMANA de Polonia. Porfavor les pido que hagan las correcciones necesarias al articulo. Gracias. Jorge Soltysik, Milton, Ontario, Canada

  • Hola George, tiene razón con su matiz, lo escribí así porque los campos a los que se refería el entrevistado estaban en Polonia, pero efectivamente, eran campos de los alemanes que habían ocupado el territorio. Para que no haya confusiones ni ofensas, he omitido "polacos" en el artículo. Muchas gracias por su aportación.

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